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Escrito por: Abg. Tomás Mersán

Folklore paraguayo

Son las 19:17 de una fresca noche primaveral. En el campo, el capataz, fatigado por una pesada jornada laboral, enciende un cigarro y se sirve un poco de caña con pomelo en el vaso. Pensativo, admirando la inmensidad del campo a oscuras, empieza a silbar. Entre una y otra bocanada de humo del tabaco, reflexiona, y silba, cada vez con mayor intensidad.

Unos minutos después escucha un ruido alarmante. A lo lejos se escuchan unos extraños pasos, cuyo origen no parece ser humano, ni tampoco animal. Quizás un híbrido entre ambas especies. Asustado, el hombre asume una postura defensiva. Los pasos se hacen cada vez más cercanos. Repentinamente, aparece una peculiar imagen de un duende petiso y peludo. Casi humano, casi animal. Al capataz, incapaz de moverse, un sudor frío le recorre el cuerpo. Luego, todo se vuelve oscuro. 

Este episodio rural forma parte de la tradicional mitología guaraní que heredamos de nuestros ancestros, oriundos terratenientes del corazón de Sudamérica. La leyenda del Pombero, a lo largo de los años, recorrió generaciones de tribus, familias y personas vinculadas a la cultura guaraní. Y por mucho tiempo generó temor y sospecha en las vastas áreas rurales de nuestro país.

Hoy, a juzgar por el paso de los años y el desarrollo de nuestra sociedad, es solo un fantasioso mito del pasado.

Mitos contemporáneos

En nuestra sociedad contemporánea los mitos como el Pombero, el Kurupí, y el Jasy Jatere han quedado atrás, y hoy solamente forman parte de nuestro arraigo cultural e histórico, transmitidos en las aulas de estudiantes primarios, y quizás en alguna que otra familia conservadora.

Sin embargo, no todos los mitos han desaparecido. Todavía persisten algunos, fuertemente arraigados a nuestro “ADN cultural, político y económico”, como una especie de composición molecular guaraní, de la que aún no podemos salir airosos. Todavía padecemos de la creencia de un mito fuertemente enraizado: las empresas estatales.

El Estado, a lo largo de su historia, ha ido explorando una diversidad de rubros, y lo sigue haciendo. Pero siempre con un irremediable resultado: ineficiencia y despilfarro de recursos. No podemos nombrar un solo caso en el que el Estado haya ofrecido (u ofrezca) un servicio de manera eficiente con el cual los consumidores -y dueños- y el mercado estén satisfechos.

Ante esta situación, penosa, por un lado, y enervante, por el otro, vale la pena tratar de entender, ¿cuáles son los motivos que nos llevan a este irrefutable resultado todas y cada una de las veces?

La primera respuesta que se le ocurre al lector es, por supuesto, la siguiente: corrupción, corrupción, y… más corrupción. Sí, claro. Sin lugar a dudas. Pero dejemos la corrupción de lado por un minuto, y veamos qué es lo que -adicionalmente- ocurre, en términos económicos y legales (y también, políticos). Porque las empresas estatales, salvo contadas excepciones, han fracasado rotundamente en todo el mundo. Tanto en sociedades corruptas, como en sociedades más transparentes.

El economista y autor surcoreano Ha-Joon Chang ha identificado una idea esencial que explica, en gran parte, este casi inexorable destino de las empresas públicas: los incentivos.

¿A qué nos referimos con incentivos en este contexto?

La idea es bastante sencilla e intuitiva. Ningún gerente estatal es capaz de administrar una compañía tan eficientemente como lo haría su dueño. El problema no existiría si los dueños de las empresas públicas (los ciudadanos), pudieran controlar eficazmente a los gerentes (políticos). Es el tradicional problema de agente-principal. Ahora, que la ciudadanía evalúe y verifique el rendimiento de los gerentes de las estatales es, pues, una tarea sumamente compleja e imperfecta. A diferencia de lo que ocurre en las empresas privadas, donde el control entre los accionistas, gerentes y directivos de las empresas se mantiene dentro una estructura más ordenada, sólida, y eficiente.

En palabras del polémico autor de origen libanés Nassim Nicholas Taleb en una de sus últimas obras, solamente aquellos que arriesgan y “se juegan la piel” son los que, finalmente, deberían poder internalizar y ver los beneficios (o pérdidas) de los riesgos tomados. Un emprendimiento es administrado eficientemente porque quienes han hecho la inversión son quienes verían directamente afectado su patrimonio ante el éxito o el fracaso de la empresa. Se juegan la piel. En el caso de una empresa estatal, por el contrario, los dueños “accionistas” (ciudadanos) no internalizan directamente el éxito o fracaso, ni mucho menos la inversión realizada, así como tampoco tienen una manera directa de exigir la rendición de cuentas. Menos afectados se ven los “administradores” públicos que fracasan, una y otra vez, en su rol de mantener la empresa a flote.

Es cierto que el éxito de las compañías depende de muchos factores. Pero principalmente es esta simple -pero esencial- idea la que vuelve las iniciativas privadas más eficientes. Al final de cuentas, hay una razón por la cual empresas como Apple, Amazon, Microsoft y Alibaba, por nombrar algunas, generan más ingresos que Estados enteros como Portugal, Bélgica, Puerto Rico y por supuesto, Paraguay.

Entonces, menos Estado. Más mercado, ¿o no?

Los fracasos estatales en la incursión en el mundo empresarial no han sido del todo en vano. Hubo momentos históricos en que las empresas estatales eran necesarias, cuando el sector privado no estaba en condiciones de proveer ciertos servicios. Actualmente, sin embargo, el rol principal del Estado ante las inversiones privadas es (o debería ser) el siguiente: ofrecer seguridad jurídica y arbitrar en las imperfecciones de mercado.

Por un lado, el Estado debería proteger los derechos de propiedad privada, que aseguren que quienes toman riesgos puedan percibir dividendos y capitalizar los beneficios, como mecanismo de incentivo para que las inversiones continúen. Y por el otro, el Estado debería corregir ciertas imperfecciones del mercado que llevan a ineficiencias indeseables. Por nombrar algunas: los abusos contra el consumidor, asegurar la competencia, las externalidades no compensadas; estos son rasgos imperfectos que usualmente el Estado, con los recursos extraídos de los ciudadanos, puede resolver de manera más eficiente.

Estas ideas se pueden resumir en la fórmula expuesta por el ex canciller alemán, Konrad Adenauer: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”.

Con tantas lecciones aprendidas a lo largo del mundo y de la historia, de nuestra propia historia, el Estado debería ocuparse exclusivamente de ofrecer una plataforma segura para emprendedores e inversiones privadas, a fin de evitar caer en los antiguos mitos folklóricos como la leyenda del Pombero, o peor, como en los modernos mitos urbanos de las empresas públicas.

Ilustración de portada por Carlos Argüello Sullow.

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