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Escrito por: Socio Tomás Mersán Riera

Un error humano en el deporte

27 de junio de 2010. Copa del Mundo, sede Sudáfrica. La cita: octavos de final entre las selecciones de Inglaterra y Alemania. 

Como siempre, dos selecciones favoritas para avanzar en el torneo deportivo más importante del mundo. Esta vez, frente a frente. 

Alemania no tardó en ponerse en ventaja, con un claro 2 – 0 en los primeros 32 minutos de juego. Sin embargo, Inglaterra acechaba al rival bávaro al punto tal que descontó al minuto 37. El partido estaba 2 – 1, con el primer tiempo en el ocaso, cuando ocurrió uno de los errores arbitrales más grandes de la historia del fútbol. El talentoso Frankie Lampard realizó un remate de aire que dio en el travesaño del arquero alemán y luego cruzó enteramente la línea de gol. Pese a ello, el uruguayo Jorge Larrionda, juez principal del encuentro, decidió no validar el tanto.

El partido finalmente terminó 4 – 1 a favor del conjunto alemán. Inglaterra quedaba eliminado por una injusticia.

Errores como éstos han ocurrido a lo largo de la historia del deporte incontables veces. Algunos quizás por influencias externas, y otros, tal vez en su mayoría, simplemente por un error humano. 

Luego de este episodio (y otros más), la FIFA decidió finalmente implementar el hoy conocido VAR (Video Assistant Referee) en el Mundial 2018 en Rusia, con el que se redujo el error humano a través del uso de tecnología para la revisión de jugadas “polémicas”. 

Sin hacer un juicio de valor, el sistema, lejos de ser perfecto y no ajeno a críticas en su uso, ayudó a evitar incontables nuevos errores que habían ocurrido en el pasado.

 

Un error humano en la justicia 

El mundo del derecho, entendido éste como el conjunto de normas para la vida en sociedad, ha dado algunas soluciones a los conflictos entre las personas. Una de ellas es el rol del juez. El juez interpreta las normas generales a un caso concreto, y luego el Estado se encarga de hacer cumplir su criterio.

Así como en los partidos de fútbol, en los que prima la función del árbitro como “juez” encargado de aplicar las reglas del deporte, en los conflictos legales el rol del juez es indispensable para llegar a una solución de acuerdo con las normas aplicables.

Pero, ¿qué nos hace pensar que los jueces tienen un razonamiento infalible ante los problemas que deben juzgar?

El humano, por definición, es un ser capaz de razonar y aprender, pero tiene limitaciones biológicas que lo hacen imperfecto. Estas imperfecciones, hoy científicamente comprobadas y categorizadas por campos como la economía, la psicología, la sociología, y otras más, tienen una repercusión enorme en la función del juzgador. El rol de los jueces, incluso con las mejores intenciones y el más alto estándar moral, está plagado de errores. De interpretación, de criterio, de razonamiento, de conocimiento, entre otros. 

En nuestra realidad jurídica, quizás el error más común de los jueces, es el de la falta de conocimiento. No por una falta de entrenamiento jurídico (que también ocurre), sino por el amplio rango de campos sobre los que debe juzgar. El derecho, transversal a toda la vida humana, tiene una infinidad de especializaciones: comercial, seguros, familia, sociedades, contratos, etc. 

El Estado ha hecho un esfuerzo por “categorizar” jueces según la materia del caso a ser juzgado. No obstante, estos intentos han sido insuficientes. En nuestro ordenamiento jurídico un juez debe ser un profesional experto tanto en un asunto de sucesiones como en un asunto de sociedades comerciales. Todos los que ejercen la profesión saben que esto es, materialmente, imposible. Esta situación se traduce en innumerables errores de juzgamiento que afectan la vida de miles de personas a diario, que reciben condenas o absoluciones injustamente. Por un error humano.

No obstante, con el tiempo el universo legal ha propuesto otras soluciones a los conflictos en sociedad: el arbitraje. El arbitraje ofrece una solución a las controversias jurídicas que nace desde la voluntad de las partes, las que se someten -intencionalmente- al criterio de un árbitro, encargado de juzgar cualquier conflicto que surja entre ellas. 

Pero, ¿qué nos hace pensar que los árbitros tienen un razonamiento inequívoco ante los problemas que deben arbitrar?

Por supuesto, los árbitros también son humanos. Y como tales, como los jueces, cometen errores de juzgamiento. Pero, la -esencial- diferencia es que los árbitros cometen menos errores que los jueces. Tal como ocurre con la implementación del VAR en el fútbol, la práctica del arbitraje permite reducir el error humano en la solución de disputas legales.

Veamos qué ocurre con el arbitraje, a diferencia de lo que ocurre con los jueces estatales.

 

Reducción del error humano

La institución arbitral, con sus características y rasgos que la distinguen, en conjunto con las herramientas económicas aplicadas al derecho, permiten identificar un método de resolución de conflictos más eficiente, con base en las siguientes consideraciones:

Por un lado, la economía de los procesos legales estudia el objetivo económico de éstos: la reducción de costos -administrativos y de juzgamiento- para las partes. Los procesos serán más eficientes en cuanto los costos sean más bajos. En arbitraje tanto los costos administrativos como los costos de los errores judiciales son menores que en la justicia estatal. Si bien en la justicia ordinaria los costos administrativos, en principio, son más bajos, debido al subsidio estatal (que en realidad proviene del pago de impuestos), a la larga el precio pagado por los usuarios se traduce en una alta tasa de morosidad judicial, recarga laboral y corrupción de los funcionarios públicos. Los usuarios se benefician de los bajos costos de las tasas judiciales, pero la sociedad queda perjudicada con un mal funcionamiento del servicio de justicia. En la justicia arbitral el precio pagado repercute directamente en una asignación de recursos más eficiente para el buen funcionamiento del servicio de provisión de justicia. En cuanto a los costos de los errores judiciales, como los árbitros son profesionales especializados en la materia a juzgar, ello tiene efecto en menores costos de errores judiciales. Precisamente, los árbitros son contratados por su pericia y conocimiento en la materia del conflicto. En los tribunales ordinarios el juzgamiento está sometido a jueces que puede que no estén especializados en la materia de conflicto. Los casos son sorteados por un sistema aleatorio que repercute en el aumento de la probabilidad de errores judiciales.

Por otro lado, el sistema privado de contratación de árbitros para la resolución de los conflictos crea un “mercado de jueces”, lo que permite que el sistema sea predecible. El fenómeno que ocurre es que los árbitros tienen la tendencia de fallar de manera similar en casos análogos sometidos a su juzgamiento, debido a que, ser más predecibles causará que los litigantes quieran contratarlos de nuevo. Cuanto más expertos y más predecibles, serán un mejor “producto” para ser contratado por los litigantes. Así, los árbitros tienen verdaderos incentivos para juzgar correctamente los casos. Ello no ocurre en la justicia estatal, ya que los incentivos operan de una manera distinta. Los jueces tienen pocos incentivos para realizar un buen trabajo, debido a que ello no influye directamente en la contraprestación económica por la labor realizada. El mecanismo de incentivos de los árbitros produce, eventualmente, seguridad jurídica en la sociedad. Cuanto más predecibles sean los fallos judiciales, habrá menos litigiosidad y mayor convicción y respeto por las normas jurídicas por parte de los individuos. Adicionalmente, la predictibilidad de las decisiones judiciales reduce los costos de transacción entre las partes al momento de contratar, debido a que, a sabiendas de la tendencia jurisprudencial, no será necesario ahondar en los detalles de la contratación.

Por supuesto que este método de resolución de disputas no es perfecto. Empero, si bien imperfecto, este sistema permite una fundamental reducción del error humano en el juzgamiento de conflictos. Esta disminución de costos parte del diseño estructural de la institución, que nace y se origina en la voluntad de las partes. Pero sobre todo, como el VAR, en la búsqueda de una solución más eficiente y más justa para nuestras competencias y conflictos cotidianos. 

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